Tal vez una de las cosas que más me ha gustado en toda mi vida ha sido ir al cine, pero quién diría que lo que hoy es uno de mis hobbies, empezó como el peor castigo para mí. Yo vivía en San Borja, en una casa que se encuentra a cinco cuadras de donde vivo hoy. Ahí tenía un grupo grande de amigas. Todas vivíamos en la misma calle y ya ni siquiera era necesario tocar el timbre para que las demás salgan, bastaba con escuchar el murmullo de sus voces, mirar por la ventana y ahí estaban todas. Listas para jugar Policías y ladrones o a las escondidas.
Sin embargo, muchas veces se abría la puerta de mi casa y salían mis papás para, ya lo sabía, ir al cine. Eso para mi hermano y para mí era lo peor. Significaba tener que dejar los juegos y los amigos y meternos en una sala oscura a regañadientes por dos horas. Pero hoy, lo veo con mucha ironía, lo que para mí era un castigo en aquellos años, terminó por ser una de las cosas que más me gustan. Muchas de las mejores películas que vi fueron de esos años. Películas que probablemente jamás habría elegido ver, pero las vi.
Otra cosa a la que nos acostumbró mi papá fue a los caballos. Mi papá ha hecho equitación básicamente desde que tengo memoria, siempre quiso que siguiéramos sus pasos, aunque sea uno de sus cinco hijos, y mi hermano y yo, los dos últimos, fuimos su esperanza, pero el empeño que él le ponía era tal que terminó por parecernos una presión. Hoy me arrepiento un poco, pero si no hubiera elegido por mí misma tal vez no sabría qué es lo que en verdad quiero, y no habría llegado aquí, a la carrera de comunicaciones.
Un día mi mamá contestó el teléfono y era mi papá, diciendo que estaba llegando tarde porque estaba trayendo un pequeño potro a casa. Con la inocencia que teníamos a los 6 y 8 años, no entendíamos porqué mi mamá se reía tanto. Mi papá dijo que era negro y que eligiéramos un nombre, todo por teléfono. Cuando llegó con sus ayudantes todos se hicieron a un lado de la puerta abriendo camino al famoso “potro”, pero nunca entró. De pronto, mientras mi mamá seguía riendo y mi hermano buscaba desesperado al nuevo animal, yo me di cuenta que mi papá traía un bulto escondido bajo su casaca. Era un pequeño cachorro negro: un Rottweiler al que sin conocer habíamos dado por nombre Blacky, el primero de cuatro lindos perros que trajeron más alegría a mi casa.
A los doce años me mudé a mi nueva casa, pero sin importar cuán cerca nos fuéramos, estaba dejando a las amigas que me habían acompañado desde que tenía cuatro años. En mi nueva casa hay un parque en frente que paraba ocupado por los chicos que vivían alrededor. Yo los odiaba. No eran mis amigas de siempre, eran nuevas personas que miraban de reojo cuando yo salía por la ventana y no los soportaba. Un día, mi primo había venido de visita. Era febrero y con él y mi hermano nos habíamos ido a la azotea para lanzar globos de agua, con la excusa de los carnavales, a esos niños antipáticos del parque. Pero una de las chicas vivía en el edificio de al lado y, lógicamente, un edificio es más alto que una casa. Ella les abrió la puerta y dejó subir a todos a su techo para empezar una guerra de globos con agua.
Se iba haciendo más tarde y los chicos desafiaron a mi hermano y mi primo a un partido. Ya se habían acabado los globos y necesitaban otra forma de demostrar quién era el mejor. Ellos eran muchos y nosotros solo tres, y considerando que yo no juego futbol, dos. Así que no les quedó otra cosa que repartirse en dos equipos. Pero empataron y decidieron dejar la revancha para la noche siguiente. Así, en medio del odio, se fue formando una gran amistad. Al día siguiente, mi hermano conoció a la chica del edificio, esa que antes odiaba y sin pensarlo terminaría por ser una de mis mejores amigas. Esa amiga incondicional que está ahí para ir al cine o a pasear cuando las vacaciones empiezan a aburrir. Y que solo está tan lejos como mandar un mensaje de texto y decir: “oye, baja”.
Acerca del aburrimiento, cuando no están mis amigas, me gusta leer. Pero leer novelas. Y que no me las haya pedido algún profesor sino de esas de las que te topas por Internet, de casualidad, cuando alguien por ahí las menciona y te llenan de curiosidad. Por ejemplo, una de mis series favoritas, Gossip Girl, está basada en una serie de libros. Yo no m habría enterado de eso si no fuera de las personas curiosas a las que les gusta averiguar todo acerca de lo que consumen. Y yo, si es que voy a ver una serie, me gusta saber de dónde salió. Es así que, por mencionar una de tantas cosas que me gusta leer, leo la serie Gossip Girl de Cecily Von Ziegesar.
De hecho, las tengo en mi celular, y esa es la mejor aplicación que, creo, se ha podido inventar. Justamente, cuando trabajas en el mismo lugar que estudias, está de más decir que te vas a aburrir en algún momento. Y cuando no estoy haciendo nada en el trabajo, no necesito haber cargado un ladrillo en mi cartera para no aburrirme. Simplemente, agarro mi celular y leo. Supongo que todas las cosas que me han gustado desde pequeña han ido modelando la persona que soy y quiero ser. Esa es la razón por la que supe que quería estudiar comunicaciones, la carrera que une todas las cosas que me gustan.