domingo, 12 de septiembre de 2010

Caminos desconocidos

Era viernes y Maricarmen Echeandía, una chica de ojos plomos, salía temprano de casa para llegar al trabajo. Cruzó la calle y subió a un taxi blanco, invitada por el rostro amigable del chofer que manejaba, sin imaginar que luego la invadiría el miedo.


Cuando llegaban a la avenida Faucett, ella esperaba que el taxi gire hacia la izquierda, pero no lo hizo. Pensando que era otro camino, no dijo nada.


Pasados cinco minutos, Maricarmen notó que el taxista la llevaba por callejones que jamás había visto. El auto ya se había alejado lo suficiente de su ruta como para pensar que no era solo una coincidencia. El taxista empezó a ir despacio, sobre parando en cada esquina con mirada sospechosa. Para ese entonces, en Maricarmen ya no había sorpresa, solo miedo. El taxista empezó a silbar, llamando a alguien que ella no podía ver.


Por suerte, Maricarmen es una chica astuta. Así que empezó a hablar con el hombre que la llevaba por caminos desconocidos. “Conozco esta zona, aquí vive mi tía”, mintió sin temblor alguno. El chofer se empezaba a poner incómodo con la muchacha que le venía hablando.


Con el corazón latiendo, ella buscó por las calles algún lugar que le diera esperanza, pero no había uno. El auto se acercaba a un grupo de hombres y Maricarmen vio un gran edificio con un letrero que no lograba leer. Dejándolo a su suerte dijo: “Por aquí está la municipalidad. Mejor déjame ahí”.


El taxista, al notar que la menuda muchacha conocía muy bien la zona, paró el taxi, retrocedió y la llevó. Sí, para suerte de Maricarmen, había adivinado. Bajó del taxi y entró a la municipalidad para esperar que alguien viniera por ella.

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